Cuando David llamó a Mefi-boset ante él, el hecho causó gran temor en el corazón de Mefi-boset por causa de que era pariente de Saúl quien había tratado muchas veces de matar a David, pero David hizo lo inesperado y lo honró al grado de hacerlo sentar en la mesa del rey. El rey David no hizo esto por causa de quién era Mefi-boset, sino por lo que representaba; él era el hijo de Jonatán, a quien David amó con toda su alma (2Samuel 9).

Nosotros honramos a una persona basados en nuestra percepción de su importancia o la importancia de aquellos a quienes representa. La palabra griega en este mandamiento es timao, la cual expresa, “valorar”, e implica reverencia.
La reverencia por las personas se desarrolla por un temor apropiado del Señor, ya que es Dios quien creó a todos los seres humanos y quien ha establecido las diferentes estructuras de autoridad.

Por tanto, el verdadero honor está basado sobre nuestra percepción de poder, majestad, y santidad de Dios. La reverencia a Dios nos debería impulsar a honrar a cada persona en autoridad como un representante de Dios, ya que Él los creó a su imagen y semejanza y los ha puesto sobre nosotros para nuestro beneficio personal. Es a base de esto que Dios nos instruye: Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey (1Pedro 2:17).

La avaricia y el orgullo personal, destruyen nuestra habilidad de honrar a Dios o a aquellos que lo representan. En Marcos 12, Jesús enseñó esta verdad por medio de la parábola de un hombre rico que envió a uno de sus siervos a una viña distante que tenía. Los encargados de cuidar la viña golpearon al siervo y lo enviaron de regreso en vez de honrarlo como un representante del dueño y de entregarle el fruto de la tierra.

El hombre rico continuó enviando más siervos, pero los que cuidaban la viña siguieron empleando la misma actitud abusiva e irrespetuosa en contra de ellos. Finalmente, el hombre decidió enviar a su propio hijo pensando que como era el hijo del dueño de la viña, lo iban a respetar y a honrar; pero los labradores malvados se dijeron entre ellos: Este es el heredero; venid, matémosle, y la heredad será nuestra (Marcos 12:7). Por causa de que aquellos labradores fracasaron en honrar la autoridad de aquellos siervos y el hijo que le representaban, ellos mismos fueron muertos cuando vino el dueño de la viña y los destruyó.

Nosotros no nacemos con la tendencia natural de honrar a Dios y a los demás. Aprendemos a honrar cuando aprendemos a temer a Dios. Otorgar honor no depende del valor del que lo recibe, sino que, es una decisión voluntaria de dar valor incondicional a una persona por causa de lo que es o lo que representa.

No hay duda de que nuestros padres nos fueron dados por Dios. No solamente fueron creados por Dios, sino que ellos fueron escogidos para traernos al mundo y a quienes se les confió la responsabilidad de entrenarnos en el temor y la amonestación del Señor.

Cuando se nos haga difícil honrarlos, por su decisión de creer que no pensamos lógicamente, debemos considerar: ¿Qué es lo que Dios quiere decirme a través de ellos? Preguntémonos a nosotros mismos si consideramos a cada persona como un representante de Dios. ¿Cómo cambiarían nuestras actitudes y nuestro comportamiento hacia ellos?

En lo personal tengo un equipo apostólico que me ayuda administrar nuestra casa Redime. Ellos viajan equipando las congregaciones, ayudando en el crecimiento y extensión del reino, de acuerdo a nuestro llamado. Cómo reciben a mi equipo es la honra que me están dando. La reverencia hacia mi paternidad se derrama sobre los que son enviados desde nuestra oficina apostólica.

He escuchado a personas decir, apóstol, le honro, pero al momento de la acción, se nota la falta de reverencia, prometen y no cumplen, no hacen lo que dicen, las excusas son de todo tipo, conjeturas de su debilidad mental; el infortunio de su poca cultura de honra es claramente visible en la pobres acciones que manifiestan hacia la autoridad paternal que Dios me ha dado.

El apóstol Pablo escribe a Filemón para pedirle un favor: Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te ruego por amor, siendo como soy, Pablo ya anciano, y ahora, además, prisionero de Jesucristo (Filemón 8–9). Pablo estaba esperando que al momento de recibir a Onésimo le dieran la reverencia o la honra cómo se la estarían dando al mismo apóstol. A decir verdad, adolecemos mucho en el cuerpo de Cristo sobre este asunto de honrar, debemos aprender y crecer en la gracias del Señor para ser personas que honremos sin límites.

Con amor… Dr. José Félix!!

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